Mario Omar Fernández, investigador y docente universitario especialista en gestión del riesgo aplicada al patrimonio cultural.

Durante décadas, una estrategia para preservar el patrimonio ha priorizado el control de factores como la humedad, la temperatura o la iluminación en las instituciones que atesoran colecciones patrimoniales. La conservación preventiva se ha establecido así como una de las estrategias fundamentales para prevenir el deterioro desde su origen. Museos, archivos, bibliotecas e iglesias han adoptado gradualmente protocolos, procedimientos de monitoreo y mejores prácticas para estabilizar materiales y extender la vida de artefactos y patrimonio cultural. Pero esto es solo parte de la respuesta, y aunque sigue siendo necesario, ya no es suficiente. El entorno en el que se registra el patrimonio ha cambiado profundamente. La situación actual, llena de incertidumbres, complejidades y diferentes amenazas, no implica solo gestionar factores ambientales, sino también comprenderlos y tomar decisiones informadas a partir de ellos.

Archivo en avanzado estado de deterioro. Colombia 2016. Mario Omar Fernández

Este desafío es claramente visible en América Latina, donde el patrimonio cultural enfrenta limitaciones estructurales, como financiamiento insuficiente o instituciones frágiles, junto con amenazas constantes, tanto naturales como antropogénicas: inundaciones, terremotos, incendios, vandalismo, negligencia, estrés urbano y agitación política. A esto se suma la debilidad de los sistemas de gestión, a menudo obsoletos, así como la falta de mantenimiento de inventarios y documentación. En ambos casos, estos factores pueden conducir a pérdidas irreversibles, incluso sin mediar un desastre evidente. Esto significa que la conservación ya no puede entenderse únicamente como un proceso técnico de estabilización física. Es una decisión, y cada decisión implica considerar alternativas, cursos de acción y responsabilidades.

Aquí es donde entra la gestión de riesgos y transforma el paradigma. Desde una perspectiva patrimonial, no es solo una herramienta complementaria, sino un enfoque fundamental para identificar qué puede suceder, con qué probabilidad y cómo afectaría a los bienes culturales. La gestión de riesgos es una herramienta adaptada al campo del patrimonio cultural por instituciones como el Instituto Canadiense de Conservación y el ICCROM, a partir de la norma internacional de gestión de riesgos ISO 31000.  Además, permite evaluar los riesgos entre sí, lo cual resulta clave en contextos con recursos limitados. Su principal aporte es ampliar la definición de riesgo: no se limita a eventos catastróficos, sino que incluye procesos graduales y acumulativos, a menudo invisibles.

El deterioro progresivo debido a condiciones inadecuadas, el uso incorrecto de materiales, la falta de mantenimiento o la pérdida de información también constituyen riesgos significativos. Estos riesgos silenciosos pueden generar pérdidas importantes a largo plazo.Por ejemplo, un archivo histórico sin un inventario actualizado puede conservar documentos en buen estado material, pero presentar un alto riesgo de disociación: la pérdida de información sobre su ubicación, contenido o procedencia. Como resultado, los documentos se vuelven inaccesibles o ininterpretables. No desaparecen físicamente, pero pierden su significado y valor.

Estas circunstancias obligan a replantear prioridades. ¿Es más importante invertir en control climático o en la organización documental? La respuesta depende del análisis de riesgos específico de cada caso.Una de las principales fortalezas de este enfoque es que permite comparar y priorizar riesgos. Asimismo, establece criterios claros para relacionar costos y beneficios. No se trata solo de aplicar medidas técnicamente adecuadas, sino de identificar aquellas que resulten más efectivas con los recursos disponibles.

 

Documento afectado por biodeterioro. Colombia. Mario Omar Fernández

Esta perspectiva es especialmente relevante en América Latina, donde los presupuestos suelen ser limitados, ya que integra dimensiones técnicas e institucionales. Sin embargo, su implementación presenta desafíos. Implica un cambio cultural dentro de las instituciones: pasar de una lógica normativa y procedimental a otra basada en el análisis, la comparación y la toma de decisiones informadas. Este cambio puede generar resistencias, especialmente donde predominan prácticas tradicionales. Además, requiere capacitación especializada y herramientas técnicas que no siempre están disponibles.

La evaluación de riesgos considera la probabilidad, el impacto, la magnitud de las pérdidas y la eficacia de las medidas adoptadas. Para ello, se necesita experiencia y acceso a información confiable sobre las colecciones, algo que no siempre está garantizado.

Cabe señalar que la gestión de riesgos no elimina la incertidumbre, sino que opera dentro de ella. No ofrece certezas absolutas, pero sí un marco para analizar la complejidad y tomar decisiones fundamentadas. Su valor radica en preparar a las instituciones para actuar de manera reflexiva y estratégica. Diversas iniciativas en América Latina, impulsadas por redes regionales, universidades y organizaciones internacionales, han comenzado a integrar estos enfoques en museos, archivos y sitios patrimoniales.

Estos esfuerzos han demostrado una mayor eficiencia en el uso de recursos, el fortalecimiento de capacidades institucionales y la promoción de una cultura de prevención a largo plazo. No obstante, la gestión de riesgos debe entenderse como parte de una reconceptualización más amplia del patrimonio. Los bienes culturales no son independientes, sino que forman parte de sistemas interrelacionados de carácter material, social, económico y político.

Por ello, la conservación preventiva y la gestión de riesgos no deben verse como enfoques excluyentes, sino complementarios e interconectados. La conservación preventiva sigue siendo fundamental, pero necesita integrarse en un marco que permita priorizar, comparar y decidir. A su vez, la gestión de riesgos encuentra en la conservación preventiva las herramientas concretas para abordar los riesgos identificados.

En definitiva, este enfoque conduce a una reflexión esencial: conservar no es solo cuidar, sino decidir. Decidir implica asumir responsabilidades, reconocer límites y ejercer criterio. En un contexto incierto, la conservación del patrimonio no puede limitarse a reaccionar ante la pérdida, sino que debe anticiparse a ella.

Mario Omar Fernández Reguera

Investigador, docent universitari i especialista en gestió del risc aplicada al patrimoni cultural. La seva tasca s’orienta a l’anàlisi de vulnerabilitats, l’avaluació de les amenaces i la priorització dels riscs, integrant els agents de deteriorament, la conservació preventiva i la planificació institucional, amb l’objectiu d’enfortir les capacitats per la prevencióm resposta i recuperació davant emergencies que afectes béns culturals mobles i documentals.

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